Slow Music

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En más ocasiones de las deseadas se tilda a los coleccionistas de vinilos de snobs, de presumir de objetos “raros” (si se me permite el término) y muchos también creen que se trata de una moda. Hay algo de cierto en todo esto. Quienes gustamos del coleccionismo discográfico somos un poco presumidos y un poco snobs si se quiere, dado que disponemos de nuestro tiempo, pasión y dinero para dedicarle a unos objetos que para una gran mayoría de personas resultan cosas que creían extintas o que (por alguna misteriosa razón) no podían ser usadas en estos días.

Pero más allá de que aún seamos una especie de bichos raros, hay algo que escapa a todo esto y creo que es un aspecto interesante para analizar. El vinilo es un formato que necesita su tiempo. Tiene mucho de ritual el preparar un disco, ponerlo en la bandeja, limpiarlo y disfrutarlo. Es una cuestión que va más allá de la eterna discusión de si el vinilo es mejor que el CD; que el CD no tiene fritura pero pierde calidad; etcétera. El vinilo lleva tiempo.

Dedicarle tiempo a los vinilos implica una actitud. Una actitud que a mí me gusta llamar “Slow Music”.

¿QUÉ ES LA “SLOW MUSIC”?

Con el vinilo ocurre algo parecido a lo que pasa con la comida rápida (Fast Food), que ha generado como reacción un movimiento contrario en el que la filosofía es la opuesta: no se come rápido y sin pensar porque no hay tiempo para nada, sino que se elogia la lentitud, se convierte la experiencia gastronómica en una experiencia de conocimiento y tal vez de reflexión, apelando a otro tipo de disfrute. Este movimiento, claro, se llama “Slow Food”.

Tal vez esto mismo pueda aplicarse a la música, al coleccionismo. En un momento de la humanidad en el que el formato físico supuestamente estaría desapareciendo; en el que cualquier canción o disco está al alcance de cualquier persona con conexión a internet; en el que la música puede ser escuchada en dispositivos digitales increíblemente portátiles; asistimos a la era de la Fast Music, en la que todo es ahora y no importa la calidad del sonido o escuchar temas en Youtube.

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No está mal, tampoco. A fin de cuentas, tiene sus beneficios toda esta tecnología. Pero en este panorama, ¿qué sentido tiene coleccionar vinilos? Slow Music. Una actitud de escucha, un ritual que nos obliga a prestar atención a lo que hacemos, a hacerlo con ganas. Es una lucha contra el automatismo y el facilismo de poder tener cualquier MP3 del mundo en nuestro celular.

Cuando empecé a coleccionar discos hace unos años llevaba un ritmo de vida frenético, debido al trabajo y cosas en las que uno se va metiendo. El iniciar una colección de un formato que yo no pude vivir en su época de esplendor, se convirtió para mí no sólo en una afición, sino que también me ayudó a frenar un poco. A dedicarle mi momento del día a mi música. Ese momento en el que llegaba a mi casa, me sacaba los zapatos y me escuchaba un buen disco. Ese momento en el que podía cortar el ritmo tan acelerado de la vida actual, cortar con la necesidad de inmediatez constante y poder disfrutar de algo de otra forma, con otro ritmo.

Hay algo que va más allá de la fritura y cuántos discos uno puede acumular, y es el tiempo de calidad que uno dedica a su colección. Es como rebelarse de alguna forma contra un mundo que va cada vez más rápido y nos arrastra a ese ritmo. Es un pequeño acto de rebeldía contra un sistema que nos obliga a tragar Fast Music, mientras nosotros degustamos nuestra Slow Music a 33 rpm.

Por Ignacio Grünbaum

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