Alta Fidelidad: coleccionismo y cine en su máxima expresión

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La melomanía y el coleccionismo de discos de vinilo se ganaron, en los últimos años, un exponente obligado en la cultura popular. Alta Fidelidad, el libro de Nick Hornby devenido película de Stephen Frears se convirtió en el lugar común de esta temática, y no hay nada de despectivo al decirle lugar común. Es sencillamente una de las obras más importantes con los vinilos como protagonistas y es, además, reconocida masivamente. Lo que son Los Beatles a la música pop, Los Simpsons a la TV, El Quijote a la literatura en español, es Alta Fidelidad al pequeño mundo al que pertenece.

Se trata del dueño de una disquería que pierde a su novia e intenta recuperarla. La película es extremadamente respetuosa del libro, con excepción de sutiles y no tan sutiles detalles, como el hecho de que el libro transcurre en Londres mientras que la película es en Chicago, o partes que quedaron afuera de la película (la más destacable es la desopilante visita de Rob a la mujer despechada que quiere vender -casi regalar- la colección de singles de su ex marido). Pero básicamente lo que ocurre es lo mismo. Para quien leyó la novela y vio la película se vuelve imposible de separar una y otra.

Si bien la trama es interesante y divertida y no podemos decir que es la típica historia de amor, tampoco escapa de ser una comedia romántica con epifanía incluida para recuperar a la novia perdida y encontrar el motivo de su existencia. Lo que realmente le da el plus a Alta Fidelidad son los condimentos. Los top five de los protagonistas, las manías de los coleccionistas, las charlas en la disquerías, los pubs que visitan, los artistas que mencionan. Los momentos de comedia son verdaderas joyas: vemos a Barry que decide jugar con un obsesivo coleccionista al no venderle una edición de Safe as Milk de Captain Beefheart o que Rob se imagina que, junto a sus dos amigos, mata a golpes a su rival Ian cuando entra a la disquería.

El otro punto alto de Alta Fidelidad son los personajes: además de Rob, papel para el que Cusack parece hecho a medida, está Barry interpretado por un Jack Black irritante, el tímido y entrañable Dick (Todd Louiso). Los tres se complementan a la perfección y logran gracias a sus diferencias una dinámica divertida. También aparece el genial Ian (Tim Robbins) en modo new age noventoso insoportable, que le “roba” la novia a Rob y va por la vida escuchando música para meditación.

Todo esto conjura para que queramos ser Rob Gordon, queramos su vida, su trabajo, sus problemas, sus discos. Especialmente sus discos. Y conjura también para que Alta fidelidad sea esa obra redonda como un disco y la primera a la que hay que acudir cuando se busca que la temática mezcle coleccionismo y vinilos.

Por Patricio Durán

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